lunes, 26 de julio de 2010

leyendas santiagueñas (la Telesita)




LA TELESITA
La ternura popular la apodó Telesita, aunque no faltó quienes le dieran nombre y apellido (Telésfora Castillo) para certificar su existencia.
Cuenta la leyenda que vivía en la espesura del monte, del cual salía al escuchar los acordes melodiosos de la música. Sola, descalza y desgreñada llegaba y se ponía a bailar. Bailaba sola, embriagada en el delirio de la danza. Al amanecer partía rumbo a su monte familiar, por las costas del Río Salado.
En una fiesta no apareció. Los paisanos, extrañados por la ausencia, salieron en su búsqueda. Sólo encontraron su cuerpecito calcinado por las llamas.
Murió joven, casi una niña. Y desde ese día los paisanos la recordaban en todas sus fiestas. La recordaban de la manera que a ella le gustaba: bailando y cantando, disfrutando de la vida.
¡Quién sabe donde nació su culto! Tal vez fue casualidad, tal vez fue el destino, pero el pedido casi milagroso hecho a la pequeña Telesita se cumplió.
Y poco a poco el baile fue tomando su nombre. Y había más gente que pedía. Que pedía lluvia, que pedía encontrar un animalito perdido, pedía por su salud deteriorada, pedía todo en el fragor del baile.
Este es un baile mágico, con un toque cabalístico ya que el promesante debe bailar siete chacareras y tomar él y su compañera después de cada vuelta, una copa de vino o licor; si llegara a sobrar los únicos que pueden beberla son los músicos.
Las "telesiadas" no tienen lugar ni fecha particular, están presentes todo el año. El promesante ofrece al baile, la música, el vino y las velas que se consumen en su honor.
Finalizando el baile se quema un muñeco de paja que la representa y que durante toda la fiesta está colgado en el alero del rancho, con una cortinita blanca detrás.
Aquí nuevamente están presentes los símbolos: el “blanco” de su pureza y virginidad, el “fuego” de su martirio y purificación y a la vez el elemento que la la hizo deidad en la creencia popular.

EL RUNAUTURUNGO
Una de las estancias del país fue cierta vez alarmada por la presencia de un tigre. El peligro común reunió a sus moradores, pues la fiera andaba por la espesura cercana. Quedaba rastro de su paso: un cerco roto, un caminante herido, el sello de su garra en el fango ya seco, varias ovejas muertas, de las que ni siquiera bebió la sangre, como en abuso de crueldad.
Todos estaban temerosos. Se convino, por fin, en la urgencia de matar al felino. Una partida de los mozos más arrojados del lugar defendería las inmediaciones de la casa, mientras que un experto intentaría matarlo.
El hombre corajudo montaba su mula favorita y le acompañaba una escolta de nueve ágiles criollos, todos armados.
Tras muchas horas de vagar sin éxito, pasó la tarde. El monte se anegó de tinieblas. Resolvieron detenerse y descansar. Habían desensillado cuando un estridente ruido repercutió en la noche. Acomodaron en las hierbas pellones, simulando con ellas alguien que duerme. Los compañeros se retiraron a esconderse. El paisano corajudo, tembloroso también por la sorpresa, corrió a ocultarse. No apagó la fogata; por el contrario, la avivó. Se oyó un nuevo grito cada vez más cercano de la fiera. Pasaron duros instantes, hasta que el cazador vio fulgurar como dos brasas los ojos del felino en la maraña oscura. El tigre avanzó sobre las prendas. El gaucho, desde la sombra le clavó su cuchillo en el costillar, pero el tigre escapó hacia el monte.
A la mañana, montaron de nuevo y siguieron el rastro revelador. Llegaron hasta una vieja tapera, donde se amontonaban cráneos, fémures, carnes y ropas desgarradas. Silencio y soledad solemnizaban el paisaje. El cazador se detuvo a las puertas de la mansión fúnebre, cuando asomó arrastrándose con pena, una cabeza humana, cuyo cuerpo se perdía en la penumbra interior. De su pecho goteaba sangre y sus labios con palabras dolientes imploraban piedad. Luego le ofreció riquezas si le dejaba la vida, pero el cazador no se dejó tentar y descargó un trabucazo formidable sobre la cabeza, eliminando así al tan temible runauturungo.
El runauturungo representa el mal que ataca a la sociedad. El cazador que logra derrotarlo es el bien, que triunfa y libera

EL ALMA MULA
Cuenta la leyenda que suele escucharse en las noches sin luna rebuznos desgarradores de una mula y ruido de cadenas. Los que la vieron dicen que tiene los ojos brillantes y rojos como sangre y que de su boca echa fuego.
Muchos hombres con coraje, armados de rosarios y puñales de plata con el cabo en forma de cruz intentaron matarla. Algunos nunca más regresaron, otros regresaron heridos y locos.
Las pocas veces que lograron herir a este maldito animal, casualmente alguna persona de la que se sospechaba mantenía relaciones incestuosas, apareciá con lastimaduras en el mismo lugar y de la misma forma que las que se habían producido a la extraña mula.
Este mito popular santiagueño se repite con variantes en todo el territorio. Su significado es justamente demostrar que las personas que tienen relaciones sexuales con parientes consanguíneos, se transforman en bestias que atacan a la sociedad y a la vez son atacados por ella, sufriendo la verguenza y el dolor de faltar a principios éticos y morales.



EL SUPAY
En nuestra tradición, Supay es el genio del mal. Es conocido desde la civilización de los Incas y se lo relaciona con las brujas y la Salamanca (especie de Academia donde se enseñan cátedras diabólicas).
El Supay es muy temido y tiene una singular capacidad metamorfósica, es decir adopta distintas formas para manifestarse.
Puede aparecerse como un viento llamado Huayra Muyoj, originado en el choque de dos corrientes de aire que promueven un remolino, el que pareciera venir desde la espesura del monte atravesando todo lo que encuentra a su paso. Por ello cuando sopla el viento se oye decir a las mujeres temerosas, ¡Cruz! ¡Cruz! ¡Cruz! pidiéndole a Dios que el maléfico remolino tuerza su rumbo.
También los nativos hablan del pequeño Supay, travieso enano de la siesta que deambula por los ranchos en donde hay niños para llevarlos con él y preparar con ellos pócimas de hechicería.

Mosquito gigante

Una de las noticias extrañas de fin del año 2009 fue la aparición de un mosquito gigante en el barrio Banfiel de la ciudad de la Banda. Se pudo ver su foto en el Nuevo Diario periódico local del tamaño aproximado de una moneda de 1 peso. Si bien causó alarma luego se comprobó que se trata de una especie que no ataca a los seres humanos.

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